CUENTOS Y LEYENDAS DEL CAFETAL

CUENTOS DEL CAFETAL , DE LA COLECCIÓN DE CUENTOS DEL CAFÉ GOMEZ , EL VRIL DE LAS ANTILLAS En las doradas tardes del verano,junto a la sombra del guapinol ,cuando se acercaba la hora del crepu’sculo ,mi abuelo Prospero Gomez Ulloa ,nos sentaba a su alrededor y con una calma infinita nos contaba una y otra vez ,los cuentos que a e’l le había contado . Y ya ,cuando iba terminando , mi abuela Julia Gonzalez Ramirez nos llamaba para que pasáramos a tomarnos nuestras tacitas de café .

La cuesta del toro
Las tardes enredaban sus fulgores sobre la maraña del bosque. Bullía el cromo e incendiaba en rojo los sotos del camino… Sobre la montaña había un danzar innumerable de oro.
Moreno él árbol se erguía.
Los pobladores primeros, los que llevaron en su pecho como una joya prendida, una ilusión, no abatieron con sus hachas victoriosas este árbol, casi seco, corroído por la uña implacable de los días y los años.
Solitario el árbol se erguía. Era un gigante. Sobre sus hojas verdes, cuando joven, se posaban miles y miles de pájaros; el árbol entonces era como un pentagrama raro que estuviera floreciendo y, así, ungido por la armonía de las aves como pedazos impasibles de iris.
Impertérrito, soportó bravamente la lluvia persistente, el gotear de las gotas de agua sobre sus hojas verdes. Recibió bautismos singulares: el del sol y el del agua; indiferente, único, impasible como el dolor.
Así pasaron años… El viento al pasar penetraba sus concavidades y producía un bramido prolongado y espantoso… ¡En la noches, claras de luna, maravillosas, pensárase en un toro colosal! He aquí el origen, he aquí la leyenda de esta senda que por sobre la espalda de la cumbre, asciende en espiral siempre hacia arriba.
…He aquí el porqué de la “CUESTA DEL TORO”.
Y esta senda es brava y única. Airosa como un toro que en las noches quietas y perfumadas, cuando hasta los rayos de la luna tienen miedo de turbar la sagrada paz eólica, irrumpe de pronto, violenta y rápidamente en un bramido sordo y prolongado que se pierde en la hondonada, en lo profundo del río, hasta pasar como un himno fúnebre sobre la dormida quietud de los campo
La carreta sin bueyes
De todas las colonias, fue Costa Rica la única donde los hispanos tuvieron que trabajar como siervos en el labrantío de las tierras; de no hacerlo habrían perecido. La tradición nos habla de uno de éstos llamado Pedro, a quien todos conocían con el mote de “El Malo”, tanto por su crueldad para con los indios como por su manifiesta incredulidad de la que hacía alarde en todo momento y ocasión.
Pedro vivía solo y al igual que sus coterráneos labraba las tierras que le habían sido asignadas. Tenía su yunta de bueyes con los que se ayudaba en el labrantío, así como su carreta, más bien cureña, de eje de madera rolliza, ruedas de una sola pieza sin aro y cuñas de madera, pero no de la misma que el eje, que no hay peor cuña que la del mismo palo y Pedro El Malo lo sabía bien.
Eran continuas las fiestas religiosas de aquel pequeño poblado que crecía a la sombra protectora de su pequeña ermita ya casi al terminarse; pero ninguna tan majestuosa, con todo y la pobreza de la colonia, como la del quince de mayo, día de San Isidro Labrador.
En ese día, después de la misa, se bendecían las carretas. Y aunque pocas, todos las llevaban. Aquél día Pedro llevó la suya, pero con malsana intención. Al efecto la colocó distante de las otras, bien cerca de la puerta de la ermita. Y cuando el sacerdote le pidió que la alineara donde se hallaban las otras, Pedro El Malo le respondió que no la había traído para que él se la bendijera pues ya estaba bendecida por el diablo. Yo la traje, dijo, para entrar con ella a la ermita; y al efecto trató de impulsar sus bueyes hacia el pórtico con manifiesta intención de hacerlos avanzar. Pero los bueyes resistieron a pesar de los chuzazos que Pedro enfurecidamente les daba. Tan manifiesto sacrilegio escandalizó a los presentes y todos trataron de impedirlo, llevándose a Pedro, pero éste, endemoniado, hincaba más y más sus bueyes lanzando toda clase de improperios renegando a voz en grito.
Entonces fue cuando el sacerdote echó su maldición, sobre él y su carreta: pero salvando a los bueyes que resistieron. “Andarás con tu carreta por toda la eternidad”, díjole, y al instante, en medio del terror general, los bueyes se desunieron de su carreta y ésta salió sola, calle abajo seguida por Pedro El Malo.
Desde aquel día la carreta de Pedro El Malo, la bendecida del diablo y maldita de Dios, anda sola, sin bueyes que la conduzcan, causando espanto por doquiera que pasa.
Si a media noche oís su bien conocido “Traca, taca, tarata” rezad el trisagio, mujeres piadosas. Y vosotras, niñas, cubríos bien la cabeza con vuestra cobija y haced la señal de la cruz, que es el diablo que pasa y alguna desgracia se avecina. Y vosotros, hombres que a medianoche andáis en alguna zanganada mientras solas quedan vuestras esposas en casa, cuando oigáis el “Traca, taca,tarata” de la carreta sin bueyes, de esa carreta de Pedro El Malo que el mismo Satanás conduce, huid despavoridos que el diablo anda ya muy cerca de vosotros.
Traca, taca, tarata, se oye a lo lejos. Si resistimos el terror que inmediatamente se apodera de nosotros al oírlo; si podemos sobreponernos al espanto que nos domina, la oiremos avanzar, avanzar, hasta el frente mismo de nuestra casa y luego, de pronto, ya la oímos distante, a lo lejos. Todos los que a esa hora se hayan despiertos, la escuchan. Que es bien conocido su traca, taca, tarata.
La carreta sin bueyes, Santo Dios. ¿Qué irá a pasar?
Ahora anda por la ciudad de Alajuela. ¿Qué desgracia se avecina? Todos lo comentan, todos hablan de ella, de esa carreta sin bueyes espanto de niños y terror de ancianas. Anoche pasó por casa comenta una. Y otra le dice que por su casa también. Porque como si fuera una sola casa toda la ciudad de Alajuela, a la misma hora, en el mismo instante, todos han escuchado su paso. Ese paso tan conocido y aterrador de la carreta sin bueyes.
Fuentes:Elías Zeledón “Leyendas Costarricenses ” Compilador.
González Feo, Mario. “La carreta sin bueyes”. Constantino Láscaris. La Carreta Costarricense, pp. 114-115.

El padre sin cabeza

Eran aquellos tiempos de fusil de chispa, no tan distantes que digamos. Tiempos de oro y de alegría en que nuestros antepasados, libres del aprisionamiento fastuoso de la moderna civilización, vivían a su modo, pobre y humildemente, pero siempre contentos y alegres.

Nuestro pueblo, de labriegos sencillos formado, conservó de los conquistadores gallegos que vinieron de la Madre España en busca de oro y de tierras para aumentar el poderío del León Ibero, su amor entrañable al hogar, su fe religiosa y la sonsería peculiar que le hizo crédulo y creyencero.

A más de las fiestas de iglesia, que formaban lista en el año, nuestros abuelos celebraban con menos pompa, pero sí con más alegrías, dos festivales cívicos: el veintisiete de abril y el de la independencia, esto es, el aniversario del golpe de cuartel del general don Tomás Guardia y el quince de setiembre, adoptado en Centroamérica como fecha de la emancipación política de España.

El programa era corto: bailes populares al aire libre y repartición de licor; estallido de cohetes y bombas; gritos y, de cuando en cuando, algunos mojicones, por copa de más o de menos.

Y nuestros campesinos, todos guardaban su pala y el machete, limpiaban un poco sus manos, blanqueaban a fuerza de “eje”, sus agrietados pies, y salían al anochecer a divertirse con sus respectivas familias, danzando al claro de la luz que despedían los faroles de canfín o los reverberos de manteca, y al compás de las músicas de las marimbas, acordeones y guitarras.

Y aquí entramos en nuestra relación respecto al suceso de la Calle del Cura.

Ñor Juan Rafael Reyes era el viejo más alegre del distrito de Patarrá y no perdía, por nada de este mundo, los festivales del veintisiete de abril y la independencia, que bastante tenía que sudar los demás días del año para atender a su manutención y la de su familia, para no aprovechar la ocasión de echar una canita al aire.

En su caserío eran bastante recogidos, ajenos a todo, sólo pensaban en la quema de la piedra de cal que les daba, entonces, más que ahora, el sustento. Las fechas memorables pasaban casi inadvertidas, por lo que ñor Juan Rafael se veía obligado a ir hasta la villa para colmar sus ansias de fiesta. Allí era cosa de ver: las taquillas permanecían abiertas la noche entera; los vecinos principales iluminaban los frentes de sus casas; en la plaza pública el entusiasmo no decaía hasta rayar el nuevo sol y la ilustre Corporación Municipal solía disponer el reparto de “guaro” a todos los ciudadanos que vitoreaban al ciudadano presidente. Y esto entusiasmaba a ñor Reyes que, muy a pesar de sus años, que ya eran carga, gustaba de amanecer en vela, bailando a ratos, libando copas, mascullando su chicagre y enterándose en los corrillos de cuanto ocurría en el gran mundo y soltando de cuando en vez su gracejada, para no quedarse atrás con los cuentos, enredos y chistes, que los contertulios iban enhebrando como para amenizar el rato.

Acertó a caer la fecha de la independencia en domingo y desde luego la fiesta fue el sábado en la noche. Por las vísperas se saca el día, y para cumplir con el adagio popular, de antes y con antes comenzaba la alegría.

Ñor Reyes no prescindía de baja a la “suidá a marcar” su mantención, lo que hacía todos los sábados al amanecer y menos dejar de pasar a la parranda. Había que compartir la obligación con la devoción. Verdad es que podría ajilar por la calle de Dos Ríos y evadir así la atención de la villa, pero sólo una ves se celebraba al año la independencia y para el siguiente ya podía estar bajo tierra. Había que aprovechar la oportunidad, que por algo la suelen pintar calva. Ñor Reyes, –lo decía su mujer–, sería parrandero y bebedor, eso sí, muy cumplido con sus obligaciones. Compraba el “diario” y lo que quedaba libre, era lo que podía beberse en ron o guaro de la Fábrica Nacional. Y callendo y levantando, podía llegar ya al anochecer a su casa, pero con sus alforjas repletas, con provisiones para la semana. También lo decía: –Los almadiados todo lo pierden, menos la memoria.

Ella se lo perdonaba a su marido, porque en su “alacena” todo abundaba; porque nunca la hizo ayunar, excepto los viernes de cuaresma, –ya que era bien católico–; ni la obligó a solicitar prestado el puñadito de frijol ni de sal, o la jarra de arroz, como le sucedía a la Piedades, su vecina, que a más de la vigilia en que vivía eternamente por las largas y repetidas parrandas de su hombre, que le duraban hasta ocho días larguitos, solía recibir un ajuste de azotes. Y todo se puede aguantar, menos eso de que un “manguela” alce la mano contra su mujer.

Pues ñor Reyes salió aquel sábado muy temprano, caballero en su yegua rosilla, vistiendo los trapitos de dominguear, los de coger misa. Lucía su banda tinta, de seda, que le daba varias vueltas en la cintura, dejaba que las barbas salieran fuera del ruedo del chaquetón; no faltaba el pañuelo floreado al cuello ni la realera de puño de hueso y plata, compañera de los días de gran solemnidad.

Estuvo en la ciudad; hizo sus compras; provocó más de una risa sabrosota, con sus chistes y sus relatos, que salían de la boca como borbotones; sorbió sus copas de guaro nacional, más sabroso y más claro que el de “charral”, según su opinión de buen bebedor y al atardecer dispuso el regreso, pasando por los “Samparados”.

Ya preludiaban las marimbas y chisporroteaban los candiles, cuando hizo su entrada a la villa llevando sobre la albarda sus grandes alforjas bien repletas. En la casa del compadre ñor Pedro, el matador, amarró su rruca, sin desensillarla, dejó a buen recaudo las alforjas y su ramita de espino, que le servía de espuela y la varillit de anono que hacía de fuete y tras un saludo en que hacía recuento de la salud de todos los de la casa, se salió a comenzar la juerga, relamiéndose de gusto, porque no había dejado de salir sin sorber la jícara de chocolate con sus biscochos y embustes.

Bailó fandango y punto; sorbió copas; tuvo más de una disputa y pudo regresar a casa del compadre, sano y salvo, gracias a la intervención de algunos amigos. Allí le montaron en su bestia y lo pusieron en camino, tocándole el corazón, con el recuerdo de los suyos, que estarían en vela, deseosos de verle llegar. Y la bestiecilla cogió el trote, calle arriba…

Era la madrugada oscura y fría. Mientras el jinete dormitaba, dejando floja la rienda, la ruca trotaba. Bien sabía ñor Reyes que montaba en un animal manso, que conocía el trillo de la casa, como de memoria. Por eso se dejaba llevar, confiado y tranquilo.

Pasó por San Antonio sin novedad. Todo mundo dormía. Uno que otro perro ladró a su paso y vino a ahuyentar el sueño. Cuando cruzó el río Damas y entró en su jurisdicción, apuró la yegua el trote, porque ya estaba próximo el momento de probar bocado y quedar libre del aparejo, el jinete y la carga.

Próximo el recodo llamado “la Calle del Cura sin Cabeza”. Alla se bifurca el camino y dan sombra los altos higerones. Era un sitio temido, porque decía el rumor popular que asustaban. Muchas historietas de aparecidos circulaban de boca en boca. Pero ñor Reyes ni era hombre de miedo ni padecía de nervios; más bien se envalentonaba cuando sorbía sus copas.

Frente a la plazuela, donde solamente se levantaba una casa de peones de la finca, vio una ermita. Se restregó bien los ojos, porque no tenía memoria de que allí hubiera existido esa construcción. Pero como para desvanecer sus dudas, repicó la campana llamando a misa. Y deseoso de enterarse por sus propios ojos de que no “eran visiones” ni cosa del otro mundo, se desmontó y entrose al templo, que estaba iluminado a media luz. Se hincó y se dispuso a oír misa. Todo fue muy bien, mientras el sacerdote no volvió la cara, para cantar el “Dominus Vobiscum” y se dió cuenta de que al padre le faltaba la cabeza. La impresión lo levantó como con resortes y lo hizo abrirse en estampida. Al pasar bajo el coro, oyó un ruido infernal y sintió que la campana le seguía repicando su badajo…¡No supo más!

Allí cerca, sobre el zacate, fue encontrado, sin sentido, por los carreteros madrugadores, que llevaban carga a la ciudad. Lo recogieron y lo trasladaron a su residencia, donde pasó muy malito algunos días. Costó que volviera en sí. hasta la pronuncia había perdido. Tenía que ser cosa mala la que vio, comentaban los familiares.

Pronto cundió la noticia del aparecido de la “Calle del Cura sin Cabeza”. Los curiosos llegaban a inquirir detalles del suceso y se tejían los más variados fantásticos comentarios. El tío Melitón, que era muy ladino, definió el asunto: –Acechanzas del demonio; ñor Reyes había asistido a sus propios funerales, en castigo de sus pecados. Naturalmente, nunca más volvió a pasar en “deshoras” por ese camino. Si iba a la ciudad, rgresaba tempranito y por si tenía que viajar con carreta, para evitar que los bueyes se asolearan, madrugaba, pero siempre esperaba otros compañeros. Que dos hombres se valen mejor que uno solo.

La moralidad pública habría ganado mucho, ya que se consumía menos licor nacional en la villa, si se le ocurre a un vivo, llevar al barrio licor clandestino de Agua Caliente, evitando así el viaje a la villa, pasando por la “Calle del Cura sin Cabeza” en horas de la noche.

Han pasado muchos años; el suceso apenas si se recuerda; el trecho de camino conserva el nombre de la “Calle del Cura sin Cabeza”, y la conseja del aparecido, sigue siendo como una lección de moral. Pero nadie escarmienta en cabeza ajena.

Fuentes: Elías Zeledón “Leyendas Costarricenses” Compilador.

Núñez, Francisco María. “El padre sin cabeza”.

Victor Lizano. Leyendas de Costa Rica, pp.125-129

El Cadejo:
“Tiene un orígen vulgar pero con la edad va cogiendo prestigio y decoro”.
“Fue el tercer hijo varón parrandero y vago de un gamonal de Escazú.
Siempre hechado de día, en las noches envolvía un yugo en cobijas, lo ponía en la cama y se escabullía a parrandear. El padre furioso, y los hermanos no mucho menos, le llevaron casi a la fuerza al monte, a “tapar” frijoles. Apenas llegó a la finca se echó a sestear. Entonces ocurrió: el padre le maldijo:”Echado y a cuatro patas seguirás por los siglos de los siglos, amén”. Y súbitamente se transformó en ese perro grande, adusto, flaco, erizo que trota al lado de los parranderos que viven lejos y les acompaña con su trotecillo ligero, triste y advertidor”.
“¿No has oído su aullido venteando la muerte entre los alarmantes cipreses de los cementerios aldeanos? El oye el pasar de las almas que se van, el vuelo de las prófugas del purgatorio y el aletear del Angel del Misterio”.
El Mico Malo
“Una niña muy joven metió su ´pata de banco´ (parió un hijo adulterino). El padre la echó de la casa y ella dormía a escondidas, entre el bagazo del trapiche. Una noche el abuelo la encontró asfixiándose con una estola negra al cuello. En el volante del trapiche estaba arrodajado el Mico Malo, que es un león de “falda”. (Hay tres clases de leones infernales: el de falda, que es desnudo de pelo, el pintado a rayas, y el coludo que tiene rabo inmenso de mico). El abuelo se quitó su escapulario y se lo puso a la chiquilla mientras rezaba “La Magnífica”. La estola negra desapareció y el Mico Malo dando saltos gigantes se alejó silbando como un hombre una canción descarada. El abuelo llevó a la chica a casa de padre que la perdonó, pues parece que el Mico Malo era cómplice del seductor”.
La Cegua
“Muchacha de divina voz que arrulla como un canto de sirena, pero que no da la cara que tiene de yegua infernal. Enamora con su arrullo a los hombres que andan por solitarios caminos. Tiene la muerte en los labios y mata besando. Alguien la ha visto bañarse en el río y peinarse las crines con una rasqueta de oro”.
Leyenda de La Yegüita
En Nicoya existe la leyenda de que en el tiempo de la conquista, un indio encontró una veta en el camino a Curime. De ésta sacaba oro el cual cambiaba, entre los españoles, por alimentos y ropa; en la Villa de Nicoya fue perseguido en secreto y uno de los pobladores logró conocer el sitio de la mina. El acostumbra a ir también para recoger pepitas, pero un día el indio y su mujer lo sorprendieron. Los dos hombres comenzaron a pelear a muerte y la india, temblando de miedo, se arrodilló y suplicaba ayuda a la Virgen de Guadalupe. Al momento, una yegua negra apareció y se metió entre los combatientes. Frente a tal milagro se detuvo la lucha para salvación de ambos.
Fuentes: Elías Zeledón. “Leyendas Costarricenses”. Compilador.
Stone, Doris. “Leyenda de la Yegüita”. Apuntes sobre la fiesta de la Virgen de Guadalupe, celebrada en la ciudad de Nicoya. San Ramón: Museo Nacional, 1954.

El Cadejo:

“Tiene un orígen vulgar pero con la edad va cogiendo prestigio y decoro”.

“Fue el tercer hijo varón parrandero y vago de un gamonal de Escazú.

Siempre hechado de día, en las noches envolvía un yugo en cobijas, lo ponía en la cama y se escabullía a parrandear. El padre furioso, y los hermanos no mucho menos, le llevaron casi a la fuerza al monte, a “tapar” frijoles. Apenas llegó a la finca se echó a sestear. Entonces ocurrió: el padre le maldijo:”Echado y a cuatro patas seguirás por los siglos de los siglos, amén”. Y súbitamente se transformó en ese perro grande, adusto, flaco, erizo que trota al lado de los parranderos que viven lejos y les acompaña con su trotecillo ligero, triste y advertidor”.

“¿No has oído su aullido venteando la muerte entre los alarmantes cipreses de los cementerios aldeanos? El oye el pasar de las almas que se van, el vuelo de las prófugas del purgatorio y el aletear del Angel del Misterio”.

El Mico Malo

“Una niña muy joven metió su ´pata de banco´ (parió un hijo adulterino). El padre la echó de la casa y ella dormía a escondidas, entre el bagazo del trapiche. Una noche el abuelo la encontró asfixiándose con una estola negra al cuello. En el volante del trapiche estaba arrodajado el Mico Malo, que es un león de “falda”. (Hay tres clases de leones infernales: el de falda, que es desnudo de pelo, el pintado a rayas, y el coludo que tiene rabo inmenso de mico). El abuelo se quitó su escapulario y se lo puso a la chiquilla mientras rezaba “La Magnífica”. La estola negra desapareció y el Mico Malo dando saltos gigantes se alejó silbando como un hombre una canción descarada. El abuelo llevó a la chica a casa de padre que la perdonó, pues parece que el Mico Malo era cómplice del seductor”.

La Cegua

“Muchacha de divina voz que arrulla como un canto de sirena, pero que no da la cara que tiene de yegua infernal. Enamora con su arrullo a los hombres que andan por solitarios caminos. Tiene la muerte en los labios y mata besando. Alguien la ha visto bañarse en el río y peinarse las crines con una rasqueta de oro”.

Leyenda de La Yegüita

En Nicoya existe la leyenda de que en el tiempo de la conquista, un indio encontró una veta en el camino a Curime. De ésta sacaba oro el cual cambiaba, entre los españoles, por alimentos y ropa; en la Villa de Nicoya fue perseguido en secreto y uno de los pobladores logró conocer el sitio de la mina. El acostumbra a ir también para recoger pepitas, pero un día el indio y su mujer lo sorprendieron. Los dos hombres comenzaron a pelear a muerte y la india, temblando de miedo, se arrodilló y suplicaba ayuda a la Virgen de Guadalupe. Al momento, una yegua negra apareció y se metió entre los combatientes. Frente a tal milagro se detuvo la lucha para salvación de ambos.

Fuentes: Elías Zeledón. “Leyendas Costarricenses”. Compilador.

Stone, Doris. “Leyenda de la Yegüita”. Apuntes sobre la fiesta de la Virgen de Guadalupe, celebrada en la ciudad de Nicoya. San Ramón: Museo Nacional, 1954.

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2 respuestas a CUENTOS Y LEYENDAS DEL CAFETAL

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